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Historia de la ciudad
Origen mitológico La fundación de la ciudad de Bucarest (Bucureşti en rumano), y el origen de dicho nombre, están sumidos en una gran incógnita. La primera persona que trató de determinar el momento exacto de la fundación de la ciudad fue el teniente-coronel Dimitrie Papazoglu en 1891, quien llegó a determinar su fundación en el primer tercio del siglo XIV, entorno al 1330; hipótesis ésta desechada por la inmensa mayoría de los historiadores, quienes creen que en fechas tan recientes si bien es posible la existencia de algún núcleo habitado, éste no pasaría de ser un pequeño pueblo. En 1781, el viajero suizo Sulzer afirmó que el nombre de la ciudad derivaba de la palabra Bucurie (“alegría”), de lo cuál concluyó que la ciudad podría ser denominada como “La ciudad de la alegría”. En la primera década del siglo XIX apareció un libro en Viena, escrito por otro viajero que había visitado la ciudad, en el cuál se afirmaba que el nombre de la ciudad derivaba de un bosque de hayas situado en los alrededores, llamado “Bukovie”. Sin embargo, no fue hasta 1820 cuando no se popularizó el famoso mito de creación de la ciudad obra de un pastor llamado Bucur; el artífice de dicha popularización fue el cónsul inglés en Bucarest, sir Wilkinson, quien en un libro publicado en Londres explicó pormenorizadamente dicho mito: la leyenda afirma que en las vegas del río Damboviţa vivían pequeñas comunidades de hombres; en un momento dado llegó al lugar un pastor llamado Bucur (quien daría nombre a la ciudad), junto a su gran rebaño de ovejas y sus múltiples ayudantes; tras asentarse en el lugar, el grupo debía soportar estoicamente los ocasionales saqueos de tártaros y pueblos similares, hasta que en uno de ellos los saqueadores raptaron a la hija de Bucur; entonces, el grupo se decidió a luchar, y tras una dura batalla vencieron a los invasores y recuperaron a la hija de Bucur; para evitar futuras acciones de saqueo, Bucur decidió levantar altas y sólidas empalizadas, que formarían el núcleo fundacional de la futura ciudad de Bucarest.
Aunque ya existía desde décadas un grupo más o menos denso de población, Vlad Ţepeş decidió fortificar la ciudad y darle así rango “casi” de capital (siguió manteniendo formalmente la capital de Valaquia en Targoviste, aunque fue ya Bucarest la ciudad fortificada más importante del Principado). El motivo que impulsó a Vlad Ţepeş a fortificar Bucarest fue el de conseguir formar un núcleo poderoso militarmente en esta parte del Principado, desde el que entablar relaciones comerciales fluidas con el Imperio Otomano, pero siempre desde un bastión protegido. El primer documento escrito que atestigua documentalmente la existencia de la ciudad es una carta firmada por Vlad Ţepeş el 20 de septiembre de 1459 (escrita en búlgaro, idioma diplomático del Principado de Valaquia entonces), en la que confirma la donación hecha a unos pequeños propietarios; dicho documento puede verse hoy día en el Museo Nacional de Historia. Vlad Ţepeş decidió establecer la fortaleza de la ciudad teniendo como referencia el río Damboviţa; han llegado a nosotros los restos (restaurados en el siglo XVIII por primera vez) de su palacio, llamado Curtea Veche. En su interior se pueden observar los restos arquitectónicos del palacio, estelas funerarias de diferentes épocas e incluso el lugar donde se encuentran las calaveras de algunos de los nobles que se opusieron a su gobierno.
En 1659 se convirtió ya oficialmente en capital de Valaquia (Ţara Românească); en 1692 el Domnitor (“Señor”, cargo que ejercía el gobierno sobre la región) Constantin Brancoveanu diseñó y ordenó construir la primera gran arteria de la ciudad, Podul Mogoşoaiei (El Puente Mogosoaiei), enorme avenida construida en madera (de ahí su nombre, a la manera de los puentes hechos con vigas de madera de roble); dicha avenida es hoy día conocida con el nombre de Calea Victoriei (Calle de la Victoria, en conmemoración del reconocimiento internacional de la independencia de Rumania efectuado en el Congreso de Berlín de 1878). Debido al material perecedero (madera fundamentalmente) y a la ausencia de verdaderos arquitectos de calidad, el patrimonio arquitectónico de Bucarest anterior a 1800 es casi inexistente. A partir de 1830 comienzan a construirse en la ciudad edificios de varios pisos y edificios públicos (principalmente en la actual Calea Victoriei) que modernizan a la ciudad. En 1859 es proclamado “Domnitor” (literalmente “Dueño”, aunque entendido como “Príncipe”) tanto del Principado de Valaquia como del de Moldova el coronel Alexandru Ion Cuza; en 1862, Cuza decide establecer el gobierno de ambos principados en Bucarest, ciudad que asumirá oficialmente su rango capitalino con todos los efectos oficiales a partir de 1877.
Desde el segundo tercio del siglo XIX, la ciudad creció demográficamente de manera espectacular, pasando de 140.000 habitantes en 1865 a 280.000 en 1899 o los 630.000 de 1930. Durante los últimos dos decenios del siglo XIX y comienzos del siglo XX la ciudad vivió un boom constructivo en manos de arquitectos franceses o discípulos rumanos formados en París, por lo que la mayoría de las construcciones de la época son de estilo francés ecléctico o neoclásico (predominantes en París en aquel momento); pese a ser considerada por ello la “Pequeña París del Este”, hemos de decir que la diferencia entre ambas ciudades era sencillamente abismal, pues a pesar de contar con edificios burgueses en algunas partes de la ciudad (fundamentalmente en la actual Calea Victoriei), la inmensa mayor parte de la ciudad seguía siendo arquitectónicamente hablando demasiado provinciana.
En diciembre de 1916 Bucarest es ocupada por las tropas alemanas, debiendo huir el gobierno legítimo a Iaşi; en mayo de 1918 se firma en Bucarest la paz entre Rumanía y Alemania, en unas condiciones penosísimas para Rumanía (Transilvania no sólo se reconocía parte del Imperio austro-húngaro, sino que obtenía las cumbres de los Cárpatos posesión rumana, y perdía Dobrogea); la posterior capitulación de Alemania hizo que no sólo recuperase Rumanía las zonas perdidas por el Tratado de Bucarest, sino que obtuviese la totalidad de Transilvania, hecho que llevó a afirmar al político Petru Carp que “Rumanía tiene tanta suerte que no necesita políticos”, pues pocas veces perdiendo una guerra se obtienen tales beneficios. Durante la Segunda Guerra Mundial, Bucarest sufrió duramente los bombardeos anglo-americanos (en el bombardeo más brutal, el 4 de abril de 1944, fueron derribadas más de 900 viviendas y murieron más de 3.000 personas). El 23 de agosto de 1944 se produce el Golpe de Estado contra el general Antonescu, golpe éste promocionado por el partido comunista rumano (PCR) con el consentimiento del joven rey Mihai I. La ocupación soviética de Bucarest y de la totalidad del país se mantuvo hasta 1958. Durante los años 50 la ciudad creció vertiginosamente, debido a la industrialización forzosa; por ello, el régimen se vio obligado a construir nuevos barrios para la multitud de obreros recién llegados. Es la época en la que se construyen los diminutos, poco equipados y estéticamente aborrecibles bloques. Los escasos edificios dignos de renombre en esta época son la Casa Scînteii (hoy día Plaza de la Prensa Libre), terminada en 1956, y la Opera inaugurada en 1956.
El 4 de marzo de 1977 se produjo un catastrófico terremoto de 7,2 grados en la escala Richter; en él perecieron, sólo en Bucarest, 1.424 personas, a las que habría que sumar los más de 11.400 heridos y las más de 35.000 viviendas derrumbadas en la ciudad. El terremoto fue la excusa perfecta para iniciar tras él los faraónicos planes constructivos ideados por Nicolae Ceauşescu. Nicolae Ceauşescu había observado con sumo agrado en su viaje a Corea del Norte cómo las grandes ciudades coreanas poseían inmensas plazas y anchísimos bulevares, ejemplo que quiso trasladar a Bucarest. Un primer paso era crear espacios; para ello, arrasó el barrio judío evacuando por la fuerza a sus más de 10.000 habitantes y destruyó decenas de iglesias (entre ellas el Monasterio de Mihai Vodă, uno de los símbolos de la ciudad). En el nuevo espacio creado se comenzó a construir una serie de colosales edificios y enormes avenidas; la caída del dictador en diciembre de 1989 hizo suspender dichos proyectos, quedando únicamente casi terminada la Casa Poporului (Casa del Pueblo, hoy día Palacio del Parlamento).
En la actualidad el Ayuntamiento quiere, con el apoyo de la empresa privada y con fondos de la Unión Europea, encarar la restauración integral del casco histórico, las calles colindantes con Curtea Veche, como la preciosa calle Lipscani (llamada así por ser la calle en la que se establecían los comerciantes procedentes de la ciudad alemana de Leipzig cuando venían hasta Bucarest para vender sus productos). Un rasgo anecdótico, pero sin duda que llama a la reflexión de cómo una sociedad ha pasado de la ausencia obligada de consumo al consumismo más desaforado, es el hecho de que Bucarest sea la tercera ciudad del mundo (tras Las Vegas y Mónaco) con mayor número de casinos por habitante.
Dicho Príncipe valaco consiguió fama mundial por ser el personaje en el que el escritor Bram Stoker se inspiró para crear su personaje principal en la novela Drácula (en principio pensaba llamarlo “Conde Wampir” e inspirar su libro en la Estiria austriaca, pero en 1892 leyó un breve relato del cónsul británico en Bucarest de 1820 (sir William Wilkinson) sobre los príncipes valacos, por lo que decidió que éste fuese su referencia, aunque ambientando la novela en Transilvania, no en Valaquia). Su padre, Basarab, fue Príncipe de Valaquia y duque de Almas y Fagaras, además de “Dracul”, título que hacía referencia a la Orden del Dragón (creada por la Orden Teutónica) de la que era caballero; vivía en el castillo Bran, desde donde defendía la importante ciudad de Braşov). En 1444, Basarab prometió lealtad al sultán Murad II; como prueba de su fidelidad, envió como rehenes a Estambul a sus hijos Vlad y Radu. De esta forma, el joven Vlad aprendió en la capital otomana la lengua, psicología y modos de guerrear de sus futuros enemigos (el empalamiento por el que se hizo famoso – Ţepeş significa Empalador- era utilizado habitualmente por los otomanos como arma psicológica sobre las poblaciones enemigas). En 1448, Vlad supo que su padre y su hermano Mircea habían sido asesinados (no se sabe si a manos de otomanos o de húngaros); en noviembre de 1448 los propios otomanos le proclamaron Príncipe de Valaquia (tal vez le creían maleable), aunque los húngaros y la población alemana de la propia Valaquia hicieron lo propio con Vladislao II. Ante tal situación, Vlad huye de Estambul; de su vida entre 1449 y 1457 se conoce muy poco, sólo que paulatinamente fue desligándose de sus antiguos “protectores” (coyunturales y por interés propio, eso sí) otomanos. El 6 de abril de 1455, Vlad se alía con el rey húngaro Ladislao V, quien veía como su antiguo protegido Vladislao II de Valaquia podía llegar a hacerle demasiada sombra (a lo largo de todo el siglo XV y XVI, será un clásico repetido una y otra vez el establecer alianzas y romperlas de manera coyuntural entre Hungría, Valaquia y el Imperio Otomano); tras victoria, Vlad decapitó a Vladislao II y se proclamó, ahora sí con derecho ganado sobre el campo de batalla, como Príncipe de Valaquia. Durante todo 1456 contó con el apoyo de Hungría y de la población alemana de Valaquia (eje del comercio), y su primordial objetivo fue defender el comercio de los ataques otomanos. Ante su excesiva independencia con respecto a las órdenes húngaras, en febrero de 1457 Hungría y la población alemana de Valaquia deciden alentar a otros pretendientes al trono Valaco; la respuesta de Vlad es cambiar rotundamente de bando, y aliarse con el Imperio Otomano, de quien se declara vasallo, y a quien paga tributo y permite el tránsito de sus tropas por Valaquia. “Brutal” (pese a atrocidades, hay que tener en cuenta que las crónicas que nos han llegado de los hechos son las de sus enemigos, en este caso las poblaciones alemanas de Transilvania) represión sobre las poblaciones alemanas de Braşov y Amlaş (mató a todos sus habitantes); las crónicas alemanas comentan que devastó pueblos enteros, empaló a cientos de personas y comía felizmente entre cadáveres. El resultado de tan brutal represión fue el incrementar su influencia fuera de Valaquia, en territorio transilvano, a cuyas poblaciones exigió un tributo de 15.000 florines y que se comprometiesen a no acoger a sus enemigos. En 1561, tras tres años de no pagar ningún tributo a otomanos, éstos le exigieron de nuevo su pago; el mensajero grigo enviado por el sultán Muhammad II, Katabolenos, y los soldados turcos que le acompañaban para obligarle a volver a pagar fueron derrotados y trasladados hasta Târgovişte, donde fueron empalados. Ante la inminencia del ataque turco, Vlad decidió que la mejor defensa era atacar, por lo que cruzó el Danubio y derrotó a las tropas otomanas establecidas como cabeza de puente desde hacia años. Muhammad II decidió dar una lección a tan osado dirigente valaco, para lo cuál envió un inmenso ejército (las fuentes hablan de entre 100.000 a 250.000 soldados, a los que Vlad sólo podía oponer en torno a 15.000). Ante semejante ataque, Vlad hubo de oponer una guerra de guerrillas y replegarse estratégicamente hasta la corte del rey Húngaro Mathias Corvino, a quien en enero de 1462 había pedido ayuda. Tras tomar el ejército otomano Targoviste (donde las crónicas cuentan que la mujer de Vlad se tiró desde la torre para no caer prisionera), una enorme epidemia de peste asoló Valaquia, provocando la retirada otomana. Los otomanos proclamaron como Príncipe de Valaquia a Radu “el Hermoso”(hermano de Vlad), mientras que Vlad era hecho prisionero en Hungría por su teórico benefactor al saber éste que Vlad podía estar tramando una nueva alianza con los otomanos. Durante los doce años que permaneció como prisionero húngaro (1462-75), el gobierno de Valaquia estuvo en manos de su hermano Radu, quien no fue sino un títere turco. En enero de 1475 los húngaros le sacaron de su encierro (con la condición de renegar de la ortodoxia y hacerse católico romano) y le pusieron al frente de las propias tropas húngaras para ir en defensa del Príncipe de Moldavia enfrentado con los otomanos. Tras la victoria sobre los turcos, Vlad se reinstaura en el trono valaco en noviembre de 1476. Pero pocas semanas más tarde, fue sorprendido con una débil escolta de 200 soldados y fue asesinado no se sabe si por tropas turcas o a causa de las intrigas por el trono de Valaquia (le sucedió de nuevo su hermano Radu, hasta 1500). La versión turca y húngara es que su cabeza fue enviada a Estambul, donde fue exhibida públicamente; según la versión rumana, su cabeza descansa en el Monasterio de Snagov (a 40 kilómetros de Bucarest, en una isla en medio de un lago).
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